DESCUBRE EL CEREBRO DE LA FELICIDAD

DESCUBRE EL CEREBRO DE LA FELICIDAD
Descubre el cerebro de la felicidad, vive con alegría. Te pertenece. Y tienes circuitos cerebrales esperando a que la actives. ¿Cómo? Procura alegría a los demás y verás que es la manera más rápida de experimentarla tú mismo. No es necesario que nos creas. Simplemente queremos compartirlo contigo. Realmente es posible ser una persona alegre a pesar de los problemas del día a día. La alegría es una forma de aproximarse al mundo. Y siento decir que, por desgracia, el descubrimiento de una alegría mayor no nos salva de la adversidad o de la pena. De hecho, es posible que lloremos con más facilidad, pero también reiremos del mismo modo. Quizá es que estamos más vivos.

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Sin embargo, a medida que descubrimos esa nueva alegría, somos capaces de enfrentarnos al sufrimiento de una forma que ennoblece en vez de amargarnos. Afrontamos la dificultad sin volvernos difíciles. Afrontamos la pena sin rompernos.

Todo el mundo ansia encontrar la felicidad, la alegría, pero siempre desde el exterior, gracias al dinero, al poder, a un coche más potente o una casa más grande. La mayoría de la gente no repara en la auténtica fuente de una vida más feliz, que está en nuestro interior, no fuera, al igual que la fuente de la salud física.

Es maravilloso descubrir que lo que buscamos no es la felicidad. Yo no hablaría de eso, sino más bien de la alegría. En la alegría está la felicidad. Es algo mucho más grande. La alegría nos pertenece por derecho y es aún más esencial que la felicidad. Solemos percibirla felicidad como algo estrechamente vinculado a las circunstancias externas, mientras que la alegría es independiente.

Este estado mental y emocional se acerca mucho más a lo que anima nuestra existencia y, a la larga, llena nuestras vidas de satisfacción y significado. Por desgracia, somos nosotros mismos los que creamos las condiciones que socavan la alegría y la felicidad. Y se deben principalmente a las tendencias negativas de la mente, a la reactividad emocional o a nuestra incapacidad para apreciar y hacer uso de los recursos que tenemos en nuestro interior.

No podemos controlar el sufrimiento generado por un desastre natural, pero sí aquel que se alimenta de nuestras desgracias cotidianas. Nosotros creamos buena parte de nuestro propio sufrimiento, así que lo lógico es que también tengamos la capacidad de generar más alegría. Solo depende de las actitudes, de las perspectivas y de las reacciones que apliquemos en cada situación y en nuestras relaciones con los demás.

Como uno de estos siete mil millones de seres humanos, creo que es responsabilidad de todos hacer del mundo un lugar más feliz. Tenemos que preocuparnos por el bienestar ajeno. Cuando miramos a nuestro alrededor, nos damos cuenta de que no somos los únicos que lo pasamos mal; muchos de nuestros hermanos y hermanas están en la misma situación o más crítica.

Así pues, cuando observamos el mismo suceso desde una perspectiva más amplia, se reduce nuestra preocupación y sufrimiento. Cuando somos conscientes del dolor ajeno y nos damos cuenta de que no estamos solos, nuestro dolor disminuye. Cuando reconocemos que estamos todos conectados, aparecen la empatía y la compasión. El dinero sí puede comprar la felicidad, siempre que lo gastemos en otra gente.

Se ha descubierto que experimentamos una mayor felicidad cuando gastamos nuestro dinero en los demás que cuando lo gastamos en nosotros mismos. También se ha detectado que, en los adultos mayores con hipertensión, la presión arterial les baja cuando gastan el dinero en comprar algo para otras personas en vez de para sí mismos.

Recibimos cuando damos. Lo que intentamos decir es que la mayor alegría de todas es la que obtenemos al hacer el bien ajeno. Estamos hechos así, diseñados para la compasión. Diseñados casi literalmente a base de cables, según las últimas investigaciones. La felicidad duradera no reside en la búsqueda de un objetivo o de un logro en particular.

Tampoco se encuentra en la riqueza o en la fama. Se halla tan solo en la mente y en el corazón, y es ahí donde confiamos que la encuentres. Somos más dichosos cuando nos centramos en otras personas, no en nosotros mismos. En otras palabras, procurar alegría a los demás es la manera más rápida de experimentarla nosotros mismos. No es necesario que nos creas. Simplemente queremos compartirlo contigo. Esperamos que apliques el contenido de estas palabras y descubras si lo que te decimos es cierto.

El cerebro de la felicidad. Se ha descubierto que tenemos cuatro circuitos cerebrales independientes que influyen en nuestra sensación de bienestar duradero. El neurocientífico Richard Davidson ha utilizado la investigación neurológica a través de la imagen para crear esta teoría unificada de la felicidad y del cerebro:

1. El primer circuito es nuestra habilidad para mantener estados positivos. Parece lógico que la capacidad para mantener un estado positivo o una emoción del mismo tipo tenga un impacto directo en la habilidad del individuo para experimentar felicidad. Lo que nosotros sostenemos es que la forma más rápida de alcanzar ese mismo estado es partiendo del amor y la compasión.

2. El segundo circuito es responsable de nuestra habilidad para recuperarnos de un estado negativo. Lo que parece más fascinante es que ambos circuitos son totalmente independientes. Alguien puede tener la capacidad de mantener un estado positivo, pero luego caer con facilidad en el abismo de la negatividad del que tanto le costó salir. Eso explica muchas cosas de nuestras vidas.

3. El tercero se ocupa de la habilidad para concentrarnos y evitar la dispersión mental. Es también independiente pero esencial para los otros dos. Precisamente, este es uno de los grandes objetivos de la meditación. Tanto para centrarnos en la propia respiración, como en un mantra o en la meditación, la habilidad para concentramos es fundamental.

4. El cuarto y último circuito es la habilidad para ser generosos. Esto es increíble, tenemos un circuito cerebral, uno de cuatro, dedicado exclusivamente a la generosidad. No es de extrañar que nos sintamos tan bien cuando ayudamos al prójimo o cuando recibimos la ayuda de los demás; incluso experimentamos bienestar cuando presenciamos una escena en la que el receptor de la ayuda es otro. 

Son muchas las investigaciones que apuntan a que venimos equipados de fábrica para la cooperación, la compasión y la generosidad. La habilidad y el deseo de cooperar y de ser generoso con los demás se encuentran en nuestros circuitos neuronales.

Comparte lo que aprendes y genera abundancia para todos 😄: ¡Cuando menos te lo esperes esta pequeña acción te vendrá de vuelta!

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